sábado, 24 de septiembre de 2011

"...Yo solía hablar en el circo por las tardes y, a veces, por la noche. El público se componía de obreros, soldados, madres que se ganaban la vida con su trabajo, los muchachos de las calles, la gente más oprimida de la gran ciudad. No había una pulgada de sitio libre, los cuerpos humanos se apretujaban unos contra otros, los muchachos se encaramaban sobre las espaldas de sus padres, los niños de pecho se colgaban de la teta de la madre. Nadie fumaba. Parecía que las galerías iban a hundirse de un momento a otro bajo aquella multitud. Para llegar a la tribuna tenía que pasar por una angosta trinchera de cuerpos humanos, cuando no levantado en brazos por el auditorio. En aquella atmósfera recargada por la respiración y la espera explotaban los gritos y resonaba el rugido característico, apasionado, del Circo Moderno. En torno a mí, encima de mí, todos apretujados, pechos, cabezas. Era como si la voz del orador saliese de una cálida caverna de cuerpos humanos. A poco que me moviese para accionar, tropezaba con alguien, el cual me daba a entender, con un gesto amistoso, que no me preocupase ni le diese importancia, que siguiese hablando. No había fatiga que resistiese a la tensión eléctrica de aquella muchedumbre cargada de pasión, que quería saber, comprender, encontrar el camino. Había momentos en que parecía tocarse con los labios, físicamente, la apetencia ansiosa de saber de aquella multitud fundida en un solo ser. En aquel instante todos los argumentos, todas las palabras que se traían pensadas, se esfumaban bajo la presión imperiosa de aquella solidaridad de sentimientos. Y de lo profundo brotaban, perfectamente pertrechadas y en plan de combate, otras palabras, otros argumentos, inesperados para el orador, pero necesarios para las masas. Y parecía como si el orador se acechase a sí mismo, como si no pudiese seguir con sus palabras a sus pensamientos, y por momentos temía uno despertarse al ruido de las propias palabras y caer rodando como un sonánbulo del tejado. Tal era el Circo Moderno. Aquel público tenía su propia faz, fogosa, tierna, apasionada. Los niños de regazo seguían chupando tranquilamente de aquellos pechos de los que escapaban gritos de entusiasmo o amenaza. Y la muchedumbre parecia también otro niño de pecho que tirase con sus labios resecos de los pezones de la revolución. Pero pronto este niño de pecho había de hacerse hombre."

León Trotsky, Mi vida.

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